MALVINAS, ESTADOS UNIDOS Y LA VENTANA GEOPOLÍTICA QUE ARGENTINA NO PUEDE DESAPROVECHAR
La causa Malvinas vuelve a aparecer en el centro del tablero internacional. No porque exista todavía una victoria diplomática argentina, ni porque Estados Unidos haya cambiado formalmente su posición histórica, sino porque la política internacional parece estar abriendo una grieta en un lugar donde antes todo parecía completamente cerrado: el respaldo occidental automático al Reino Unido.

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- 1.**MALVINAS, ESTADOS UNIDOS Y LA VENTANA GEOPOLÍTICA QUE ARGENTINA NO PUEDE DESAPROVECHAR**
- 2.**La causa Malvinas vuelve a aparecer en el centro del tablero internacional. No porque exista todavía una victoria diplomática argentina, ni porque Estados Unidos haya cambiado formalmente su posición histórica, sino porque la política internacional parece estar abriendo una grieta en un lugar donde antes todo parecía completamente cerrado: el respaldo occidental automático al Reino Unido.**
**MALVINAS, ESTADOS UNIDOS Y LA VENTANA GEOPOLÍTICA QUE ARGENTINA NO PUEDE DESAPROVECHAR**
**La causa Malvinas vuelve a aparecer en el centro del tablero internacional. No porque exista todavía una victoria diplomática argentina, ni porque Estados Unidos haya cambiado formalmente su posición histórica, sino porque la política internacional parece estar abriendo una grieta en un lugar donde antes todo parecía completamente cerrado: el respaldo occidental automático al Reino Unido.**
Estados Unidos podría estar volviendo a ser un actor geopolítico importante en la cuestión Malvinas. No necesariamente porque haya decidido reconocer de manera expresa la soberanía argentina, ni porque la Argentina esté ante una recuperación inmediata del control administrativo de las islas, sino porque la sola posibilidad de que Washington empiece a revisar el modo en que acompaña al Reino Unido en esta disputa ya constituye, por sí misma, un hecho político de enorme relevancia. En política internacional, muchas veces los movimientos importantes no comienzan con una declaración solemne, sino con una señal, con una filtración, con una incomodidad diplomática o con una tensión entre aliados que hasta ese momento parecía no existir.
En ese contexto aparece una cuestión central: Javier Milei realizó una gestión geopolítica que no tiene un precedente claro en la historia reciente argentina ni en América Latina. Desde el comienzo de su gobierno, la Argentina decidió alinearse casi completamente con los Estados Unidos y, a su vez, con el Estado de Israel. Es decir, los intereses del Estado argentino fueron presentados como intereses coincidentes con los intereses del Estado norteamericano y con los intereses israelíes. Esto, más allá de las consideraciones ideológicas que cada uno pueda tener, es una jugada geopolítica novedosa, osada y extremadamente particular para el contexto internacional en el que estamos viviendo.
Porque no estamos hablando de un mundo en donde Estados Unidos conserva una hegemonía indiscutida como la que tuvo luego de la caída de la Unión Soviética. Estamos hablando de un mundo en donde Estados Unidos sigue siendo una potencia absolutamente central, sobre todo en materia tecnológica, financiera, militar y especialmente en inteligencia artificial, que probablemente sea la próxima gran revolución de la humanidad, algo así como un redescubrimiento del fuego. Pero también estamos hablando de un mundo en donde China viene aumentando de manera sostenida su importancia como actor geopolítico global, no solamente por su capacidad industrial o comercial, sino por la enorme cantidad de años que destinó a construir influencia en el llamado tercer mundo, especialmente en África y América Latina, a través de la Nueva Ruta de la Seda, de inversiones, de infraestructura, de financiamiento y de presencia estratégica.
Entonces, la jugada de Milei no ocurre en el vacío. Argentina se la juega por Estados Unidos en un momento en donde Estados Unidos sigue siendo poderosísimo, pero ya no es el único poder ordenador del mundo. Y además se la juega por una determinada lectura de Estados Unidos: la lectura trumpista de Estados Unidos. Porque Milei no esperó simplemente a que Trump fuera electo para acercarse. Desde el inicio de su gobierno, incluso cuando Trump todavía no había regresado formalmente a la presidencia, Milei empezó a construir un alineamiento político, ideológico y personal con él. Y esto es importante porque la geopolítica contemporánea, aunque todavía tenga como actores principales a los Estados, está cada vez más atravesada por personas concretas, por liderazgos concretos, por afinidades personales y por formas muy personalizadas de ejercer el poder.
Eso genera una ventaja y un problema al mismo tiempo. La ventaja es que Argentina puede tener un vínculo directo, privilegiado y políticamente útil con una administración norteamericana que la mira con simpatía. El problema es que si todo ese vínculo depende de una persona, y no de una estructura permanente de política exterior, el día en que esa persona deje el poder puede perderse buena parte del capital acumulado. Es decir, si mañana la administración Trump deja de ser gobierno, Argentina podría encontrarse con que muchos de los avances que se hicieron dependían más de una afinidad personal que de una decisión estructural del Estado norteamericano.
Ahora bien, ahí es donde aparece la pregunta verdaderamente importante: ¿Argentina está utilizando ese alineamiento simplemente como una declaración ideológica, o lo está utilizando para imponer su propia agenda internacional? Porque cuando hablamos de geopolítica argentina, inevitablemente tenemos que hablar de Malvinas. No se puede hablar seriamente de la inserción internacional argentina sin hablar de Malvinas, porque Malvinas no es únicamente una causa simbólica, sentimental o histórica. Malvinas es territorio, es Atlántico Sur, es soberanía, es proyección antártica, es control administrativo, es recursos naturales, es presencia militar extranjera y es una herida abierta dentro de la estructura territorial argentina.
En este sentido, la posibilidad de que Estados Unidos empiece a mirar la cuestión Malvinas de otra manera tiene que ser analizada con extrema prudencia, pero también con extrema atención. Reuters informó que habría existido un correo interno del Pentágono donde se mencionaba la posibilidad de revisar apoyos diplomáticos a aliados europeos que no acompañaran suficientemente a Estados Unidos en el conflicto con Irán, incluyendo el eventual retiro del apoyo estadounidense al Reino Unido en la disputa por Malvinas. Esto no significa que la posición oficial norteamericana haya cambiado, pero sí muestra que Malvinas puede llegar a convertirse en una ficha dentro de una negociación mucho más grande entre Estados Unidos y el Reino Unido.
Y acá hay que hacer una aclaración importante, porque en los últimos días también apareció el otro lado de la cuestión. Donald Trump, en el marco de una visita de Estado del rey Carlos III a Estados Unidos, volvió a hablar de la relación especial entre Estados Unidos y el Reino Unido, en un gesto claramente amistoso hacia la corona y hacia la tradición histórica compartida entre ambos países. La visita fue presentada justamente como un intento de reforzar la alianza bilateral, en un contexto de tensiones recientes por diferencias internacionales, incluyendo la posición británica respecto del conflicto con Irán.
Muchos pueden leer esto como una demostración de que Estados Unidos está lejísimos de Argentina y de que, en definitiva, el Reino Unido sigue siendo el aliado principal de Washington. Pero yo creo que esa lectura es incompleta. Es evidente que Estados Unidos y el Reino Unido tienen una relación histórica, cultural, lingüística y política que Argentina no tiene ni va a tener. Ambos países comparten idioma, comparten parte de su matriz institucional, comparten raíces históricas y comparten una narrativa de alianza occidental que viene de hace muchísimo tiempo. Estados Unidos nace, incluso, de una ruptura con el Reino Unido, de la revolución de 1776, pero esa ruptura no elimina la matriz común, sino que la transforma en una relación histórica compleja, de conflicto primero y de alianza después.
Además, hay que entender cómo funciona el Reino Unido. En una monarquía parlamentaria, el jefe de Estado es el rey, mientras que el jefe de Gobierno es el primer ministro. La política cotidiana, la política partidaria, la política de gobierno, está en manos del primer ministro y de su gabinete; mientras que el rey ocupa un lugar institucional, simbólico, representativo y de continuidad estatal. El propio gobierno británico define al primer ministro como el líder del Gobierno de Su Majestad y responsable último de las políticas y decisiones gubernamentales, mientras que fuentes oficiales y parlamentarias británicas reconocen al monarca como jefe de Estado y figura central de la Corona, con funciones ampliamente ceremoniales dentro del sistema constitucional actual.
Por eso, cuando Trump elogia al Reino Unido frente al rey, o cuando habla de la importancia de la relación especial, no necesariamente está haciendo una definición operativa sobre Malvinas. También está haciendo un gesto hacia la corona, hacia la tradición, hacia la historia compartida y hacia una relación cultural profunda entre ambos países. Sería ingenuo negar que el Reino Unido es un aliado histórico de Estados Unidos, pero también sería ingenuo creer que por ese motivo todos los apoyos diplomáticos son eternos, automáticos e inmodificables. En la política internacional de Trump, incluso las alianzas históricas pueden ser revisadas si no producen resultados concretos para Washington.
Ahí aparece el punto verdaderamente relevante para Argentina. No se trata de creer que Estados Unidos va a dejar de considerar al Reino Unido como un aliado importante. Se trata de entender que una cosa es la relación cultural, histórica y simbólica entre Estados Unidos y el Reino Unido, y otra cosa es la política concreta de una administración norteamericana frente a un aliado que, en determinados conflictos, puede no haber acompañado como Washington esperaba. El propio carácter transaccional de la política exterior trumpista hace que incluso los aliados más tradicionales puedan ser presionados si no responden a los intereses estratégicos inmediatos de Estados Unidos.
Y si esa presión incluye revisar apoyos diplomáticos en cuestiones sensibles para el Reino Unido, entonces Malvinas vuelve a aparecer como una oportunidad para Argentina. No porque Estados Unidos se haya vuelto repentinamente defensor de la causa argentina, sino porque la causa argentina puede coincidir, circunstancialmente, con una necesidad de presión norteamericana sobre Londres. Esa diferencia es fundamental. La geopolítica no funciona por simpatía ni por justicia abstracta. Funciona por intereses, por incentivos, por costos y por capacidad de insertar una agenda propia dentro de una tensión ajena.
Ahora bien, para entender por qué esto importa, también hay que volver a la cuestión jurídica e histórica de Malvinas. La controversia no empieza en 1982, ni empieza con la guerra, ni empieza con una discusión reciente entre Argentina y el Reino Unido. La cuestión Malvinas tiene una profundidad histórica mucho más larga, y parte incluso de las controversias respecto al descubrimiento de las islas. En derecho internacional público, el descubrimiento fue considerado históricamente como un título, pero como un título imperfecto: es decir, no bastaba por sí solo para adquirir dominio pleno sobre una tierra determinada, especialmente si no era acompañado luego por ocupación efectiva, actos de soberanía, administración o reconocimiento.
En la posición argentina, el descubrimiento se atribuye a integrantes de la expedición de Magallanes en 1520, dentro de la navegación española hacia el sur del continente. La Cancillería argentina sostiene que las islas formaron parte del área bajo jurisdicción española desde los primeros instrumentos internacionales que delimitaron el llamado Nuevo Mundo, y que el descubrimiento de las Islas Malvinas se produjo por integrantes de la expedición de Magallanes en 1520. Frente a eso, el Reino Unido ha sostenido históricamente otra versión, vinculada al avistamiento de John Davis en 1592. Incluso tomando esta discusión en sus propios términos, la posición británica aparece mucho más tardía y, además, el descubrimiento por sí solo no alcanza para resolver una cuestión de soberanía.
Después aparece otro dato fundamental: las primeras ocupaciones no fueron inglesas. La primera ocupación pública, ostensible y estable fue francesa, a través de Louis Antoine de Bougainville, quien fundó Port Louis en 1764 y dio origen al nombre de Isles Malouines, de donde deriva precisamente el nombre Malvinas. Esa ocupación francesa generó la protesta de España, que en ese momento ejercía jurisdicción sobre la región austral americana. Francia terminó reconociendo que el derecho español era superior al suyo y entregó el establecimiento a España en 1766, quedando Felipe Ruiz Puente como gobernador español de las islas. Este punto es central porque no estamos hablando solamente de una disputa teórica, sino de actos concretos de administración, protesta, reconocimiento y transferencia.
Es decir, la historia muestra algo muy importante: Francia ocupó primero de manera efectiva, España protestó, Francia reconoció el mejor derecho español y España pasó a ejercer administración. Esto fortalece de manera directa la posición jurídica argentina, porque después de la independencia opera el principio de **uti possidetis iuris**, que significa, en términos generales, “como poseéis conforme al derecho”. Este principio implica que los nuevos Estados independientes heredan las fronteras y territorios administrativos que correspondían a la potencia colonial de la cual se separaron. En el caso argentino, esto significa que la Argentina hereda los derechos que España tenía sobre los territorios que formaban parte de su jurisdicción, incluyendo las Islas Malvinas.
Por eso, cuando se habla de Malvinas, no se está hablando de un capricho nacionalista ni de una construcción sentimental posterior. Se está hablando de una cadena jurídica e histórica que va desde la presencia española, la protesta frente a la ocupación francesa, el reconocimiento francés del mejor derecho español, la administración española posterior y la sucesión de Estados luego de la independencia argentina. En esa lógica, el **uti possidetis iuris** funciona como una pieza central para explicar por qué las Islas Malvinas son, fueron y serán argentinas.
El problema, obviamente, es que una cosa es la soberanía como derecho y otra cosa es el control administrativo efectivo. Argentina tiene una reivindicación jurídica, histórica y constitucional sobre Malvinas, pero el Reino Unido mantiene el control administrativo del archipiélago desde la ocupación de 1833. La propia Cancillería argentina sostiene que la cuestión Malvinas tiene origen el 3 de enero de 1833, cuando el Reino Unido ocupó ilegalmente las islas, quebró la integridad territorial argentina, expulsó a las autoridades argentinas e impidió su regreso. También recuerda que en 1965 la Asamblea General de Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido e invitó a ambas partes a negociar una solución pacífica y definitiva.
Entonces, cuando hoy aparece la posibilidad de que Estados Unidos revise el respaldo diplomático al Reino Unido, lo que se abre no es una solución automática, sino una oportunidad. Y esa oportunidad debe ser entendida con mucha precisión. Argentina no debe confundir una filtración con una victoria, ni una tensión entre Washington y Londres con una recuperación inmediata de las islas. Pero tampoco puede dejar pasar una ventana histórica en la que la causa Malvinas vuelve a ser leída dentro de una disputa geopolítica mayor.
La cuestión es que Argentina, en este momento, tiene una oportunidad que nace de una combinación muy particular de factores: un gobierno argentino alineado casi totalmente con Estados Unidos; una administración Trump que piensa las alianzas de manera mucho más transaccional; un Reino Unido que sigue siendo aliado histórico de Washington, pero que puede ser presionado si no acompaña determinados intereses norteamericanos; una China que avanza como actor global y obliga a Estados Unidos a revisar sus vínculos en regiones estratégicas; y una causa Malvinas que, por primera vez en mucho tiempo, podría dejar de ser tratada como un tema congelado.
Pero esa oportunidad exige cautela. Argentina debe moverse con una precisión enorme, porque un mal movimiento puede convertir una ventana diplomática en una sobreactuación inútil. No se trata de salir a decir que Estados Unidos ya apoya la soberanía argentina, porque eso no ocurrió. No se trata de inventar una victoria donde todavía no hay una victoria. Se trata de entender que la política internacional está abriendo una pequeña grieta y que, en esa grieta, Argentina debe insertar su reclamo histórico con inteligencia, con derecho internacional, con memoria histórica y con estrategia.
Porque Malvinas no se recupera solamente diciendo que son argentinas. Malvinas se defiende demostrando por qué son argentinas, sosteniendo ese argumento en el tiempo, acumulando poder diplomático y aprovechando cada contradicción del sistema internacional. Hoy puede haber una contradicción entre Estados Unidos y el Reino Unido. Hoy puede haber una tensión entre el discurso ceremonial de la alianza anglosajona y la política concreta de una administración norteamericana que exige obediencia estratégica. Hoy puede haber una oportunidad para que Argentina vuelva a colocar la cuestión Malvinas en un lugar más incómodo para Londres.
Y ahí está el punto central: Argentina tiene soberanía legal e histórica sobre Malvinas, pero no tiene el control administrativo porque ese control fue arrebatado por el Reino Unido. La tarea argentina, entonces, no es simplemente repetir una verdad nacional, sino convertir esa verdad en una estrategia internacional. Si Estados Unidos vuelve a ser un actor relevante en la cuestión Malvinas, aunque sea por interés propio y no por convicción jurídica, Argentina tiene que saber aprovecharlo.
Estamos ante un momento que puede ser histórico, pero solamente si Argentina lo trabaja con seriedad. La causa Malvinas no necesita improvisación, ni euforia, ni consignas vacías. Necesita una política de Estado capaz de leer el mundo tal como es: un mundo en donde las alianzas se tensan, las potencias compiten, los liderazgos personales pesan cada vez más y los países que saben moverse pueden encontrar oportunidades incluso en disputas ajenas.
Por eso, si la Argentina logra transformar su alineamiento con Estados Unidos en una herramienta para colocar Malvinas nuevamente en la agenda internacional, entonces la jugada geopolítica de Milei podría tener una consecuencia mucho más profunda que una simple foto ideológica con Trump. Podría convertirse en una oportunidad concreta para que la causa Malvinas vuelva a discutirse en términos de poder, de derecho y de soberanía.
Y en ese punto, Argentina debe tener extrema cautela, pero también una enorme ambición. Porque cuando hablamos de geopolítica argentina, hablamos de Malvinas. Y cuando el mundo empieza a moverse, la peor decisión posible sería quedarse quietos.